Juegos Paralimpicos Río de Janeiro 2016

Los secretos que guarda el Parque Olímpico

4 de enero de 2017 - 13:58 hs

Con 1.18 millón de metros cuadrados, el Parque Olímpico de Barra es el principal centro de competiciones y el punto de encuentro de los Juegos Paralímpicos. Niños, jóvenes y adultos pasan por allí para asistir de los diferentes deportes, pero además disfrutan de otras actividades que ofrece el evento.
A las 9 de la mañana subo al BRT, transporte público que nosotros conocemos como metrobús, pero algo más moderno. En 20 minutos, combinación en la terminal Salvador Allende mediante, estaba en Parque Olímpico. Estar es un decir, desde la estación hay que caminar por un puente desmontable, preparado para la ocasión, y luego seguir las indicaciones de los colaboradores (todos con remera amarilla, bermudas marrones, morral y zapatillas verdes) hasta por fin llegar al ingreso. Todo el trayecto lleva alrededor de 15 minutos más.



La acreditación de periodista hace que evite la fila del público, que 9.30 ya comenzaba a arrimarse. Ya adentro se abre un parque inmenso, atravesado por una calle principal, y a sus costados los diferentes estadios. Me sumo a la peregrinación de la gente, predomina el amarillo en su vestimenta, la mayoría enfila hacia el tercer estadio, a la derecha. Allí está la el Centro Olímpico de Tenis, sin embargo el tercer estadio en tamaño, fue adaptado para que se juegue Futbol 5 para ciegos. Me sumo a ellos, nuevamente la acreditación acelera mi ingreso. “Bom dia”, saludo en portuñol, “Bon dia” responden a coro, con sonrisa y ese cantar que solo ellos pueden lograr.

Subo las escaleras, miro, juega Brasil a estadio lleno. No me quedo, bajo, saludo nuevamente, y retomo la avenida que atraviesa el Parque. Veo, a unos 20 metros, mucha a gente concentrada en un lugar que no es ingreso al algún estadio, me acerco y la cola es para cargar agua de una maquina que la mantiene fría. Hay varias en todo el parque. Aprovecho y cargo mi botella, vacía desde que tome el BRT. Acá el calor agobia.



Al velódromo, el primer estadio a la izquierda, no entro. “Ya estuve ayer”, pienso. Mas adelante en orden inverso se encuentran el Carioca 3, Carioca 2,  Carioca 1 y, cambiando su color y estructura, el Arena del Futuro, donde se juega básquet. Los conocí a todos, pero voy al dos porque tengo algo pendiente. Allí se juega bocha, y en su ingreso, como en cada ingreso de cada estadio, te permiten experimentar el juego en su versión paralímpica. Por suerte somos pocos, espero en el lugar mi turno mientras miro como dos canadienses no pueden arrimar sus bochas a la la blanca. “¿Nunca jugaron tejo?”, me pregunto. Me toca pasar, juego contra un brasilero. No voy a decir como salió el partido, es lo que menos importa.



Ya paso el medio día, aún no recorrí ni la mitad del lugar. A la derecha de la avenida, tras pasar los estadios de tenis hay un patio de comida gigante, con puestos oficiales que venden hamburguesas, sandwich de pollo, o panchos. También hay snacks, pan de queso y bebidas. Otra vez voy por lo mismo. Sandwich de pollo y un jugo. Como el primer día estuve 10 minutos tratando de que nos entendamos con el vendedor, ahora solo señalo lo que quiero en su propia máquina. Así lo resolvimos esa vez. ¿El precio?, caro, bueno, como en nuestras canchas de fútbol. Para sacarme la duda le pregunto a la gente local. Todos coinciden: “É muito caro”, incluso el doble de los que sale lo mismo afuera del lugar, aseguraron.

Termino de comer y, como estoy cerca, me arrimo al Megastore oficial en busca de regalos, muestro mi credencial y me frenan, “No es un ingreso para ver deporte, aquí todos iguales”, es lo que entiendo. Esta vez toca esperar. La travesía que incluye hacer la fila y pasar por la tienda me lleva una hora.



Cuatro de la tarde, en frente se ve el imponente Estádio Acuático Olímpico, donde días atrás el argentino Guillermo Marro se tiró por última vez en aguas paralímpicas. Hoy estoy de paseo, sigo la calle principal que desemboca en el Rio Fest. No se cuanto caminé pero me desplomo en una gran alfombra verde, como todos los que están ahí. Algunos comen, otros se sacan fotos, otros duermen. Quisiera tomar mate, pero quedó en el hotel.

Ahí, en el Rio Fest, se concentra la mayor cantidad de gente, muchas familias, muchos niños. Las marcas patrocinadoras de los Juegos tienen sus puestos, pero además, al igual que en los estadios, se puede experimentar varios deportes adaptados. Los más pequeños lo intentan una y otra vez, mientras los padres descansan. Los jóvenes bailan en una pista instalada por una marcha de cerveza. Los locales lo hacen bien, muy bien, los demás no.



Cae la tarde, los estadios se van cerrando a medida que las competencias finalizan. La gente comienza a peregrinar en sentido contrario al que ingresó. En natación siguen compitiendo, se escucha la música de la entrega de medallas. A lo lejos, puedo notar que en el estadio principal de tenis aún hay partido. Tengo que pasar por ahí, pero para llegar hay que caminar toda la calle principal, hasta llegar a la salida, luego los 15 minutos, con puente incluido, que me separan de la estación de autobús, así le dicen acá. Pasar la tarjeta, una especie de “SUBE” que nos dieron con la acreditación, ni soñar con un asiento, a esa hora siempre esta llenísimo, y rezar, una vez en viaje,  que no me pase de estación.

Por Fabricio Espíndola, enviado especial a Río de Janeiro
En Twitter: @fabri_espindola

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