LAS SOLISTAS DEL FÚTBOL

Epopeyas, desgracias, salidas y firuletes: ser arquera en Argentina

18 de julio de 2020 - 11:58 hs  |  Por Luty Gargini

El límite del arco es el gran objetivo a vencer para los delanteros cuando atacan y la última esperanza de los defensores que no pudieron frenar a su rival. Dicen que es un espacio muy difícil de habitar porque, así como se los ensalza luego de una gran salvada, pueden ser defenestrados en segundos por un mínimo error. Y, para colmo, tampoco faltan quienes dicen que los arqueros no son jugadores de fútbol. Pero, ¿alguna vez te preguntaste qué pasa cuando quienes tienen esa responsabilidad son mujeres y cómo fue que llegaron hasta allí?
La custodia del arco es uno de los puestos más arduos y solitarios en el mundo del fútbol. Intervenciones definitorias, poco margen para la equivocación y el nivel de exposición cuando se comete un error, son algunas de las cosas que marcan a esta poco ponderada responsabilidad futbolística. En ese contexto, no es difícil imaginar lo trabajoso que puede llegar a ser ocupar ese lugar cuando, además, se es mujer.
 
“Yo no quiero que nadie se imagine / cómo es de amarga y honda mi eterna soledad”, dice la letra de un famoso tango. Lo escucho mientras escribo y me pregunto si Marta Soler, la primera arquera argentina en participar de un Mundial, lo habrá tarareado alguna vez bajo los tres palos. Sucede que la Uno de Las Pioneras tiene otra pasión además del fútbol: cantar tangos y boleros. Un talento que durante aquella Copa histórica de México ’71 - a la que habían viajado autogestivamente y sin ningún recurso - le permitió recaudar dinero para solventar los gastos, actuando por las noches en el restaurante ubicado junto al hotel donde se hospedaban. Una vida signada por volar de palo a palo y salir jugando, dentro y fuera de la cancha.
 
“Aprendí todo lo que sé de fútbol por mi papá. Tuve mi escuela con él, que se pasaba horas practicando conmigo”, ha relatado Marta más de una vez. Ese mano a mano constante con su padre, que tuvo lugar en la década del ’60, le dio un gran dominio de la pelota con los pies y la ayudó a compensar la carencia de la práctica grupal, imprescindible en las etapas formativas iniciales. Gabriela Ceña, arquera de Platense en el último torneo de Primera División de AFA, cuenta algo parecido: “Desde muy chica me gustó el fútbol. No lo practicaba como deporte en un club, pero como acompañaba en sus partidos a mi papá, que era arquero, me fui interesando más en el puesto. Luego, al principio de mi formación, fui autodidacta. Tener entrenador de arqueros era un lujo que pocos cuerpos técnicos del femenino se daban”. Una brecha, adentro de otra brecha, adentro de otra brecha: la desigualdad en el deporte tiene más capas que una cebolla.

 
(Gabriela Ceña en Platense. Foto: Lucila Guede)
 
“Jugaré en la quinta, después en primera, yo sé que me espera la consagración” se escucha en la estrofa de otro clásico tango con el que a muchos varones les resulta natural identificarse. Mientras, intento imaginar cómo resonarán esas palabras en la voz de Marta y en los deseos de cada una de las arqueras de la actualidad. Históricamente, el acceso al fútbol para las mujeres ha sido muy limitado. Sin embargo, los últimos años – gracias a la lucha de las protagonistas – las instituciones han tenido que dar respuesta a esa realidad. Poder contar con cuerpos técnicos completos e integrados por especialistas, es uno de los principales reclamos. En ese contexto, la Asociación del Fútbol Argentino anunció hace unos días que impulsará la carrera de entrenadores/as de arqueros/as.
 
Verónica Fuster es profe de Educación Física. Fue arquera de handball en su adolescencia y arquera de fútbol en su juventud y adultez. Ahora, ya retirada, se dedica a la formación. En la última temporada estuvo a cargo del entrenamiento de las guardavallas de Primera División de Gimnasia Esgrima La Plata, y en el próximo torneo pasará a ser ayudante de campo en el nuevo cuerpo técnico. Además, coordinará el desarrollo de ese puesto en el fútbol femenino del club.
 
“Para las mujeres no hay etapas de competencia previas al debut en Primera División. Y si a las jugadoras de campo les cuesta verse repentinamente en la alta competencia, para las arqueras es el doble de difícil, porque la llegada al arco no siempre se da por decisión propia. Por eso es fundamental pasar por una etapa formativa sólida”, afirma Verónica. Y si de juventud, futuro y talento bajo los tres palos hablamos, uno de los nombres que resuena rápidamente es el de Brisa Río, de Lanús. La mendocina de 1,80 de altura y 17 años – la misma edad que tenía Marta Soler cuando jugó el Mundial de México – fue convocada para entrenar junto a la Sub 20 antes del Sudamericano 2019 y ha dado claras muestras de talento. Sin embargo, como bien marcaba Verónica, atajar no fue su elección inicial. “El puesto no fue algo que yo decidí al principio. No había arqueras ni entrenador de arqueras en el equipo donde jugaba en ese momento así que decidieron mandarme a mí por mi altura. Desde aquella vez no salí más y hoy estoy enamorada del arco”, relata.

 
(Brisa Ríos entrenando con la Selección Argentina Sub 20)

Para Gabriela, tener entrenador/a de arqueras en el cuerpo técnico es vital, no solo porque la preparación es completamente diferente a la del resto del equipo, sino también porque solo alguien especializado puede entender las situaciones que se presentan en el arco y hacer un juicio de valor correcto. “Hay muchos detalles imperceptibles que quizás un DT no ve”, dice. Verónica coincide y resalta la importancia de que cada vez más mujeres ocupen el rol de formadoras: “Creo que es un espacio fundamental para transmitir nuestras miradas, tanto del fútbol como del puesto en sí. Y ya entrando en un detalle del biotipo, la mayoría no medimos 1,90 como los arqueros del masculino. Entonces también podemos aportar esa perspectiva sobre cómo atajar con menos altura, en un arco con las mismas dimensiones que los hombres”.
 
Existe un mito al respecto de lo que dice Verónica. Muchas personas afirman que uno de los déficits del puesto de arqueras tiene que ver con que los arcos son muy grandes para el promedio de altura femenino. Gabriela le hace honor a una de sus cualidades deportivas, y sale a frenar este prejuicio igual que con las pelotas aéreas dentro de su área: “Las medidas del arco no tienen que ser distintas para el masculino y el femenino. Defender un arco requiere muchísimo entrenamiento físico y atlético específico. Quien juzga a las arqueras actuales como ‘no tan buenas’ sin contemplar el contexto de desatención y falta de preparación adecuada que hemos padecido, creo que está emitiendo un juicio de valor sobre algo que desconoce. O elige desconocer, que es aún peor”.
 
“Dominaba el área grande / cortando centros cruzados / y a veces fue criticado”, dice otro tango, y me imagino a Marta cantándoselo a Gabriela. Las críticas son parte del juego para quienes deben cuidar la valla de sus equipos. En Lanús, Brisa cuenta con un entrenador de arqueras, pero considera que lo psicológico es muy necesario también. “Para mi es importante que se atiendan esas cosas de manera individual”, cuenta. Verónica reconoce que en ese puesto se convive constantemente con el posible error y considera que esa presión extra debe ser atendida de manera interdisciplinaria. “El miedo a que equivocarse sea sinónimo de un gol en contra, es un aspecto muy relevante a trabajar”, recalca. Gabriela, por su parte, reconoce que es difícil cargar con esa responsabilidad, pero también aporta la otra cara de la moneda: “Cuando lo hacés bien, te sentís realizada”.
 
(Verónica Fuster en un entrenamiento con Gimnasia Esgrima La Plata)
 
El nivel de profesionalización de una disciplina es clave a la hora de intentar conseguir mejores resultados. Y en ese sentido, para quienes la practican o enseñan, tener la posibilidad de cobrar un sueldo no es lo único importante. Las condiciones laborales, como contar con los elementos adecuados o acceder a profesionales especializados en cada aspecto de la formación, hacen la diferencia al final del día. “Creo que tener entrenadores/as de arqueras se ha entendido como una necesidad. Y es nuestra responsabilidad jerarquizar la profesión. Es fundamental, además, tener apertura y escuchar, porque no solamente las jugadoras aprenden del DT o de la entrenadora. Es un aprendizaje recíproco. En mi caso, al haber atajado, tengo el plus de poder relacionarme con las arqueras desde otro lugar”, dice Verónica.
 
Gabriela, que también espera poder ser entrenadora en el futuro, piensa en la misma dirección: “Es importante contar con ex jugadoras o arqueras en los cuerpos técnicos, que hayan atravesado las mismas situaciones que pueden atravesar las próximas generaciones. De todas maneras, deseo que no tengan que pasar las mismas cosas que pasamos nosotras y les toquen mejores contextos”. Y ojalá sea así. Porque la joven Brisa, sus compañeras y las que vienen detrás, están llenas de expectativas. “Mi objetivo a futuro es poder seguir atajando en la Selección, que para mí es algo muy importante. Poder jugar algún día afuera también es una de mis metas”, dice.
 
Ahora escucho una canción que dice “Y soñar que en un vuelo / como allá en el potrero / con la punta del dedo / la cima del cielo / se puede tocar”. Esa letra no es de un tango, es de un blues. Igual podemos fantasear con que Marta, con su agilidad característica y su canto futbolero, sabría darle un nuevo sentido, tal como lo hizo el legado de Las Pioneras con el fútbol femenino actual. Si la frase “el día del arquero” se usa como metáfora para las cosas irrealizables, “el día de la arquera” puede convertirse tranquilamente en el lema de todo lo que se puede – y se debe – cambiar.
 
¡Chan, chan!
 

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