EX JUGADORAS Y ACTUALES DIRIGENTAS EMPUJAN SU DESARROLLO

El softbol femenino recupera territorio

8 de noviembre de 2020 - 11:00 hs  |  Por Luty Gargini

La Confederación Argentina de Softbol anunció para el 2021 una nueva Liga femenina. Mientras, algunas mujeres intentan sumarse a la gestión y Tornado – el tercer mejor equipo del país – costea de su propio bolsillo una cancha para sembrar presente y construir futuro en la disciplina.
En junio de 2019 el seleccionado masculino de softbol se consagró, por primera vez, campeón del mundo de la categoría mayor. Con ese hito, tal como suele suceder ante los buenos resultados deportivos, la disciplina cobró cierta visibilidad. Así, muchas personas supieron de los títulos juveniles de 2012 y 2014, conocieron los nombres de las figuras del equipo y se enteraron de que, en la actualidad, la comunidad más grande de esta disciplina está en Paraná.

Hasta ahí todo bien. Un logro histórico de los que tanto nos gusta disfrutar y reivindicar en nuestro país. Pero, ¿y el equipo femenino? En el último tiempo, y gracias a los avances en igualdad de género, cada vez es más inusual revisar la historia de un deporte sin preguntarse donde estuvieron y dónde están las mujeres en ese recorrido. En esa búsqueda fuimos.

El femenino a nivel selección empezó a competir en Argentina en 1984, en un Sudamericano en Perú en el que salieron terceras. En 1990 logramos ir a un Mundial, en el ‘91 a otro sudamericano y en el ’94 nuevamente a un campeonato del mundo. Recién en el ’95, con los Juegos Panamericanos de Mar del Plata, empezamos a tener competencia sistemática y con otro tipo de organización”.

Quien habla es Paula Meizoso, profesora de Educación Física y ex pitcher de softbol. Como jugadora, pasó por diversos clubes de Buenos Aires y vistió la camiseta de la Selección Argentina de 1991 hasta 2010. En la actualidad, da clases en colegios, en el Club Atlético River Plate, en la universidad y en el profesorado Romero Brest. Además, es la entrenadora de las Selecciones Sub 17 y Sub 19. “Yo empecé a los 17 años totalmente de casualidad. Era muy deportista, así que un día una amiga me invitó a entrenar. Fui sin saber qué era y al siguiente fin de semana ya estaba compitiendo. Éramos muy pocas jugadoras en esa época, así que la que iba, quedaba”, nos cuenta.



Ese entrenamiento azaroso con su primer equipo – “Halcones” – fue en el mismísimo CeNARD, en un campo de juego que existió allí hasta que, para el Panamericano de 1995, se instaló en su lugar la cancha de hockey que conocemos hoy. Al softbol solo le quedó una jaula de bateo, ubicada en uno de los costados de la pista de atletismo.

Como se empieza a vislumbrar, la falta de espacio físico ha sido una de las claves en el retroceso que tuvo la disciplina, especialmente la femenina. Y lo sigue siendo en la actualidad: sus canchas necesitan – al menos – una superficie de 70 metros de largo, el triple que el de una cancha de tenis.

“Antes en Buenos Aires se jugaba en varios clubes, pero otros deportes fueron cobrando protagonismo y las instituciones optaron por priorizarlos. Las pocas canchas que había casi no existen más. Había una en Ciudad de Buenos Aires que “se la comió” el rugby. Después jugué en Banco Hipotecario, donde con el tiempo sacaron el softbol y vendieron el terreno. Luego pasé a Hacoaj y ahí nos corrió el fútbol, cuando el equipo entró en una nueva categoría”, relata Paula.

El softbol es considerado uno de los principales deportes “sociomotrices”, en los que la persona se opone y coopera basándose en cuatro habilidades básicas: golpear, correr, atrapar y lanzar. Para Paula, se trata de una práctica totalmente inclusiva en su dinámica, ya que todos y todas en algún momento tienen la oportunidad de ocupar un rol protagónico durante el juego, no tiene grandes limitaciones desde el biotipo y se puede adaptar para ser jugado desde temprana edad.

Hay categorías mixtas. Incluso la Sub 12, que es mundial. Es más, como materia, en los profesorados también es mixto. Y hace unos años se está desarrollando un nuevo juego, una adaptación del deporte llamada Beisbol 5, que es muy bueno para enseñar en las escuelas. Yo creo que este deporte subsiste acá porque está dentro de los diseños curriculares, en los planes de estudio de la educación formal”, agrega.




La actividad física en el ámbito escolar es, sin dudas, una herramienta fundante a la hora de fomentar una disciplina. Y, por otro lado, es una puerta de entrada hacia la vida de club, clave en la historia deportiva y en la cultura de nuestro país.

Así lo refrenda Silvina Fernández, jugadora de softbol – actualmente en Tornado, un equipo 100% femenino del oeste del conurbano bonaerense – y ex integrante de la selección. “Mi profesora de educación física se tomaba el deporte muy en serio y buscaba que jugáramos a lo que quisiéramos. Cada ciclo lectivo podíamos elegir en qué anotarnos y, en mis últimos años, me incliné por el softbol. Así me acerqué después al club Banco Hipotecario Nacional, que quedaba cerca de mi escuela y donde “se decía” – sí, existió una vida sin Google – que había softbol. Mi adolescencia transcurrió en un club, creciendo junto al deporte que fue, más de una vez, mi refugio”, relata.

En 1990, Silvina fue convocada al CeNARD para una preselección nacional. En aquel momento, el softbol tenía un muy buen trabajo a nivel escuelas y clubes de barrios. Había muchos equipos como Ciudad de Buenos Aires, Daom, Country Club Valentín Alsina, San Lorenzo, Banco Hipotecario Nacional A y B o Hacoaj, entre otros. Y había varias jugadoras por equipo.

“Después, en estos 30 años, todo decayó muchísimo. Creo que por varias razones. Una de ellas es que los deportes que son rentables fueron quitándole lugar a lo polideportivo”, afirma y coincide con Paula en que el softbol perdió contra el negocio inmobiliario. “Por ejemplo, el club donde yo empecé a jugar fue parcelado y ahora está lleno de departamentos”, cuenta.

Paula, por su parte, suma una mirada sobre este tema. “Lo que se desatendió, y creo que es una cuenta pendiente de la Confederación Argentina, es trabajar sobre el desarrollo. Sobre todo, en el deporte femenino. Se atendió mucho a los varones”. Con esto, se refiere a la decisión institucional de trasladar al plantel completo que había salido campeón en todas las categorías juveniles a vivir a Paraná y desarrollarlo como un equipo “de laboratorio”.




Con el femenino se quiso hacer lo mismo, pero no se aplicaron políticas concretas para su fomento y las organizaciones locales o regionales no se pudieron potenciar. “La vida deportiva de una mujer está atravesada por otras problemáticas, es distinta. Hay chicos que están en la selección mayor que, de repente, viajan tres meses y dejan a su familia acá. La mujer muy difícilmente lo puede hacer. Esas también son variables que uno tiene que manejar cuando trabaja con el deporte de mujeres”, sostiene Paula. “Hay gente que te dice ‘Bueno, pero en Paraná funciona, tráeme 15 chicas a vivir acá’. Y no, yo digo que no las lleves a vivir ahí. Porque además del desarraigo de la jugadora, le estás sacando la posibilidad a su comunidad de origen de crecer”.

A pesar de las dificultades, la entrenadora no se rinde. “Venimos haciendo un trabajo de hormiga. Uno de los planteos que hice el año pasado mientras dirigía Sub 15 y Sub 17 fue que, para continuar, necesitaba saber si la Confederación apoyaba el proyecto del femenino. Ya sé que no hay plata. Pero apoyar puede ser también difundir o convocar a todos los dirigentes para diseñar a mediano y largo plazo, entre otras cosas”. En ese marco, y tras varias charlas y debates, este año se tomó la decisión de crear una Liga. Además, se presentó un proyecto en el Enard para que vuelva el apoyo al femenino: “Si cae el acompañamiento institucional, caen las participaciones. Aunque una, con lo poco que tiene, intente hacer lo mejor, los resultados no llegan”.




Para Silvina, el compromiso de la Confederación para con el femenino debería ser mayor, con una mirada federal y descentralizada, contemplando en esa construcción a las provincias y sus municipios. “Hay que ponerse a trabajar urgente”, dice.

Desde su perspectiva, si el deporte no se incentiva en el ámbito de la educación formal y en articulación con los clubes de barrio, se muere.  “En algunas escuelas se enseña softbol y en la provincia existen los Juegos Bonaerenses. Pero ese evento tiene una absurda regla que impide que las nenas que participan de alguna competencia federada integren el equipo de su colegio. Eso, lejos de fomentar el deporte, lo obstruye. Las niñas prefieren participar con sus amigas, entonces terminan optando por no jugar en un club”, cuenta.

“En un momento tuvimos 2500 equipos en la provincia, pero esa regla de los Juegos Bonaerenses perjudicó al softbol”, aporta Paula. “Debe haber al menos 60 jurisdicciones que tienen esta disciplina, pero todo muere ahí, a nivel escolar”. Por este motivo, la Asociación de Softbol de Buenos Aires hoy está conformada por municipios y equipos, pero ningún club.

Todas estas situaciones históricas y actuales fueron haciendo que Buenos Aires pierda potencia como plaza y se centralice todo en Paraná. “En esa ciudad se realiza la competencia oficial que te da el ranking nacional, mientras que la Confederación tiene competencias regulares de la provincia, a través de la APS, pero no nuclea al femenino realmente. No hay un trabajo entrelazado”, dice Silvina.

Para Paula, el caso de Paraná es un fenómeno cultural apuntalado por el título mundial conseguido por la selección masculina. “En esa ciudad creo que ahora hay 10 canchas o más. A cualquier lugar que vayas, alguien juega al softbol. De todas maneras, hay otros polos en el país que habría que seguir desarrollando: Salta, Tucumán, Santiago del Estero, Córdoba, Mendoza, Bahía Blanca, Santa Fe. La mayoría es en ciudades capitales”, concluye.




Silvina y Paula se conocen hace tiempo, pero se acercaron más hace unos años, cuando la actual entrenadora de las selecciones juveniles se interesó por el trabajo que venía haciendo en su zona el equipo de Tornado.

Ambas deportistas coinciden en que la lucha sostenida en términos de igualdad de género ha logrado dar visibilidad al trabajo de las mujeres en el deporte. Pero, para Silvina, no es suficiente: “Lograr romper viejas estructuras y producir cambios concretos en este sentido va a ser un largo camino. El año pasado con el equipo pensamos que necesitábamos ser parte de la gestión, entonces me sumé a una lista para poder trabajar activa y concretamente. Ahora conformamos la nueva comisión directiva de la Asociación de Softbol de Buenos Aires: somos 2 mujeres y 10 hombres”.

Paula también quiere dar la lucha desde adentro. “La realidad es que el pensamiento machista todavía es difícil de romper. Yo ahora voy a formar parte de la comisión de la Liga, un lugar donde antes no había mujeres. Algunos me decían que eso pasaba porque ninguna quería dedicarse a la gestión. Pero no es así. Había y hay, lo que pasa es que algunas se cansan de recibir un 'NO' constante como respuesta”, afirma.

Claro está que para avanzar en derechos y oportunidades hay que ir ganando metros, tanto en lo dirigencial como en lo territorial. Todo ese espacio perdido con la desaparición de las canchas de softbol y la falta de un proyecto integral, está siendo revertido por el empuje de estas mujeres históricas que no se resignan a que ese recorrido quede en el olvido.




Por eso, el equipo Tornado está llevando adelante – y de manera autogestiva – la construcción de un campo de juego. “Siempre estuvimos limitadas, ya que no contábamos con una cancha para hacer de locales, expandirnos y darle la dimensión que requiere el softbol femenino. En Buenos Aires no hay ningún predio sobre el cual se pueda construir un proyecto. Así nació la idea y el sueño de tener el propio”.

Emplazado en Ciudad Deportiva Don Bosco por gestión de Alejandro Banquere, apoderado de la Comunidad Salesiana, el emprendimiento busca que Buenos Aires tenga en el corazón de La Matanza una cancha con todo lo necesario para realizar torneos femeninos nacionales e internacionales, con capacidad para albergar a varios equipos y a solo diez minutos del aeropuerto internacional de Ezeiza.

“La posta la tomamos entre cuatro mujeres: la entrenadora histórica Elena Pedemonte; la Jefa de Equipo, Irene Martin; la Capitana, Jesica Fortini y yo. No contamos con apoyo del municipio, ni de la provincia, ni aportes privados, todo sale de nuestro bolsillo y del esfuerzo, dejando de lado cualquier otra prioridad”, relata.




Si bien es un gran orgullo para el equipo y una muestra indiscutible de perseverancia y organización, lejos está de ser algo para romantizar. Que los espacios del deporte femenino tengan que abrirse con el aporte económico de jugadoras y entrenadoras, no es una novedad para muchísimas disciplinas. Sin embargo, es algo que debe ser tomado como una forma más de maltrato y comenzar a cambiar.

Yo pasé por muchas situaciones ofensivas. Desde una desvalorización total hasta comentarios muy groseros. Y he visto a otras compañeras que también han tenido que tolerar abusos de poder”, cuenta Paula. Ahora, como formadora, se encarga de que nadie en su equipo de trabajo replique esas prácticas y fomenta la capacitación en géneros para el cuerpo técnico.

Pero el aprendizaje humano debe ser también adentro de la cancha. Por eso, su proyecto para las selecciones juveniles es integral. “Queremos formar jugadoras que tengan una orientación hacia lo profesional, que sean atletas preparadas para el alto rendimiento. Queremos hacer foco en lo emocional, en la fortaleza mental, en la conducta, la nutrición, el desarrollo físico. Hoy no vamos a ganar, porque antes de llegar a un alto nivel tenemos que trabajar fuerte tanto lo deportivo como cultural”, continúa.

Recuperar la historia para fortalecer el presente y asegurar un futuro, parece ser el plan de la comunidad del softbol femenino. Y en ese sentido, Paula también tiene ideas al respecto. “Quiero comenzar un laboratorio histórico del softbol para posicionar de igual manera el recorrido del masculino y el del femenino. Hay un camino hecho por muchas personas en la historia del softbol, mujeres que le dedicaron su vida. Hay que recuperar todo eso”, concluye.

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