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De los Juegos Hereos a los Juegos de la paridad: la lucha de las mujeres arde en la llama olímpica

22 de julio de 2021 - 22:30 hs  |  Por: Luty Gargini

Las competencias atléticas de la antigua Grecia fueron la semilla de lo que hoy conocemos como los Juegos Olímpicos modernos, impulsados por las acciones (y omisiones) del Barón Pierre de Coubertin. Luego, la gran cita deportiva mundial fue mutando con las décadas, en danza con distintos hechos históricos, culturales y políticos – como el feminismo – hasta llegar a la actualidad. El último escollo de este derrotero será Tokio 2020, que desde su organización se dispone a convertirse en la edición de la paridad.
El deporte, sobre todo en los últimos tiempos, ha sido largamente criticado por su rol en la construcción de ciertas violencias y la segregación en términos de géneros. Su práctica, centrada en lo viril, la extrema fortaleza física, la potencia – características asociadas a la masculinidad – se ha opuesto por siglos a las cualidades atribuidas a lo femenino: la sutileza, el cuidado, la sumisión, la debilidad, el exceso de emocionalidad y, en especial, la maternidad como mandato.
 
Digamos entonces que, la marginación de las mujeres del ámbito público a través de la dominación de su cuerpo y con el deporte como herramienta, es una práctica tan antigua como los Juegos Olímpicos.



Es sabido que en la antigua Grecia las mujeres tenían un lugar muy específico reservado en los Juegos Olímpicos: la invisibilización. No les era permitido competir ni podían ingresar como espectadoras si estaban casadas. A aquellas que quebraran esa regla y fueran descubiertas, además, les cabía la pena de muerte. Y en pos de reducir aún más la posibilidad de fisuras en este sistema, los hombres competían desnudos para que ninguna persona que no fuera considerada de su mismo género pudiera disfrazarse e infiltrarse.
 
Sin embargo, existió en aquellos tiempos un espacio en el que las mujeres sí estaban habilitadas para desplegar ciertas dotes deportivas: los Juegos Hereos. Se cree que fueron contemporáneos a los Juegos Olímpicos y su nombre refiere a la diosa Hera, esposa de Zeus.


 
Compartían varias características con el evento de los hombres, aunque solo en lo simbólico: se desarrollaban cada 4 años y en el mismo estadio que los Juegos Olímpicos, aunque las mujeres utilizaban la sexta parte de su superficie. Además, a sus ganadoras se las premiaba con una corona de olivo y tenían el derecho de erigir en el santuario una estatua conmemorativa de su triunfo. De ellas, ninguna quedó en pie, hoy solo existen algunos pedestales.
 
Consistía en una carrera para mujeres de diversa edad en la que todas llevaban el pelo suelto y una túnica, aunque hay indicios de que esta competencia no hacía foco en lo atlético, sino que formaba parte de un ritual prenupcial: simbolizaba la huída de las más jóvenes de la vida “salvaje” antes de ser “domesticadas” a través del matrimonio y ser confinadas al ámbito privado, el del hogar.
 
Los hombres, iluminados por la llama olímpica. Las mujeres, a la sombra de la historia.

Sin embargo, la actividad física no resultaba completamente ajena a las mujeres de la Grecia antigua, ya que en Esparta - por ejemplo - recibían educación atlética desde edades bastante tempranas. Un dato elocuente al respecto: las espartanas fueron las ganadoras de casi todas las carreras de los Juegos Hereos.

 
 


 
La primera edición de los Juegos Olímpicos modernos data del año 1896 y en ella, al igual que en la Grecia antigua, las mujeres tuvieron prohibida la participación. Si bien luego fueron admitidas en algunas disciplinas (las primeras: tenis y golf en 1900), durante los siguientes 25 años no superaron nunca el 5% del total de participantes.
 
Los organizadores de aquella gran cita deportiva mundial, con el Barón Pierre de Coubertin a la cabeza, consideraban que la mujer no solo no era apta para la práctica deportiva, sino también que su participación no despertaba ningún interés como espectáculo.
 
Con el estallido de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), ante la partida de los hombres al frente de batalla, las fábricas perdieron capacidad de producción. La consecuente exigencia de sostener la economía hizo que las mujeres cruzaran de los límites de su hogar para ocupar esos lugares que siempre habían sido potestad masculina. Así, se encontraron desarrollando nuevos roles y lograron también quebrar las fronteras del deporte. Una de las principales referentas de esa gesta fue Alice Milliat.

CONOCÉ SU HISTORIA:

 
 

Entre 1922 y 1924, por la irrupción de los Juegos Mundiales y la habilitación de disciplinas de atletismo, la participación de mujeres en los Juegos Olímpicos aumentó del 4% al 9%.
 
Para 1936, un año después de la renuncia de Milliat a la Federación, los países participantes habían aumentado de 6 a 27 en disciplinas para mujeres. De ellas, el 66% provenía de países europeos.
 
Por Latinoamérica, Perú fue el primer país en disputar un Juego Olímpico (1900). Las primeras mujeres lo hicieron en 1932, con una representante brasileña en natación; y dos mexicanas, una por esgrima y otra por atletismo. Y respecto a Argentina, la gran pionera fue la nadadora Jeanette Campbell en Berlín 1936, con su primera en 100 metros libres y su récord sudamericano.            


 
Desde los progresos conseguidos por Alice Milliat y sus compañeras, hasta principios de los’70, el avance para las mujeres olímpicas fue sostenido, aunque lento: a fines de los ’40 representaban el 10% del total de atletas y 24 años después aún no habían logrado alcanzar el 20%.
 
En 1948, Argentina llevó la delegación más grande hasta ese momento, con once deportistas. Noemí Simonetto logró la medalla de plata en salto en largo.


 
Así como en las primeras décadas de los JJOO modernos la Guerra Mundial fue determinante, otro conflicto bélico irrumpió en esta nueva etapa: la Guerra Fría. En ese marco, los países socialistas decidieron fomentar la práctica deportiva en las mujeres como política para obtener más medallas, mientras que a nivel global el acceso se ampliaba en términos de clases sociales. El elitismo de los primeros Juegos Olímpicos, en los que las deportistas eran aquellas más adineradas y por ende con más tiempo libre, se resquebrajaba sutilmente.
 
Sin embargo, a pesar de estos pequeños pasos, el 75% de las mujeres llegó a competir solo en cuatro deportes por aquellos años, mientras que el mismo porcentaje de varones lo hacía en doce. Tres veces más.
 
Rondando los ‘90, otros hechos políticos dentro y fuera del ámbito deportivo volvieron a marcar el destino de las mujeres en el alto rendimiento. En 1991 el Comité Olímpico Internacional estableció que todos los nuevos deportes incluidos en su programa deberían ofrecer – por lo menos – un evento para la participación femenina.
 
En ese mismo año, se realizó la Conferencia Mundial de Mujeres y se organizó el grupo de trabajo olímpico llamado Mujer y Deporte. Y en términos de puestos de gestión, Anita DeFrantz se convirtió en la primera mujer en ser vicepresidenta del COI en 1997.


 
Al respecto, un informe del Parlamento Europeo en 2003 consignaba que “No basta con lamentar la escasa participación de la mujer. Es preciso recordar que el deporte se desarrolla con la democracia (…) El hecho de incluir a la mujer constituye, pues, un proceso lógico”.

Y agregaba: “Debe destacarse la importancia de las responsabilidades de la mujer en las tareas de dirección y en la toma de decisiones […] pero dicho acceso sólo se llevará a cabo si se reconoce y acepta a la mujer en las estructuras deportivas a todos los niveles”.

Por último, se destaca la modificación de la Carta Olímpica en 2007, que prohibió “cualquier forma de discriminación contra un país o una persona basada en consideraciones de raza, religión, política, sexo y otros motivos”.

Si bien hasta el 2014 la discriminación por género (que incluía la discriminación por sexo y orientación sexual) era considerada dentro de las prohibiciones, en 2015 fue excluida. Esto gravita mucho a la hora de analizar la realidad de las identidades intersex y trans en el alto rendimiento, un tema que da para otro debate pendiente: el binarismo biologicista.
  
El rol de la acción política repercutió a varios niveles en esta etapa olímpica. Para 1976, se sumaron 8 disciplinas para las mujeres (ninguna grupal) y participaron al menos 14 países latinoamericanos.

Antes, en 1968, la saltadora de vallas mexicana Enriqueta Basilio Sotelo fue la primera atleta en portar y encender la llama olímpica. Y a fines de los ’80 las mujeres ya se habían sumado a deportes grupales y con menos características asociadas a lo femenino, como vóley, hockey o básquet.
 
Otro hito para las argentinas en el deporte fue Seúl ’88: Gabriela Sabatini, con solo 18 años, fue la abanderada de la delegación y se llevó la medalla de plata en single.


 
En el umbral del cambio de siglo, el porcentaje de participación femenina ya había crecido de 29% a 41% y la representación latinoamericana en mujeres había pasado del 5% al 7% (de 144 que viajaron en 1992, pasaron a ser 359 para el año en 2008).

Por esos años, en tanto, nuestro deporte marcó otro punto en su historia con la gesta de Las Leonas. Conquistaron la plata en Sidney 2000, el bronce en Atenas 2004 y el bronce en Beijing 2008 y, de su mano, el hockey argentino cambió para siempre.
 
Pero eso no fue todo: Serena Amato (vela) fue bronce en Sidney. Y Georgina Bardach (natación, 400 mts. medley) y la dupla Paola Suárez - Patricia Tarabini (tenis, dobles) fueron bronce en Atenas 2004. Por último, Paula Pareto (judo) consiguió también el bronce en 2008.


 
En las últimas dos décadas, el mundo ha sido visiblemente signado por un factor de peso en la construcción de comunidades más igualitarias: el activismo del movimiento feminista.
 
Sus pugnas y sus demandas han tocado la puerta de todas las instituciones de la sociedad, ampliando los derechos para las mujeres, disidencias y otras identidades de género, y eso ha repercutido insoslayablemente en la organización del deporte.
 
La participación de los hombres en todas las disciplinas, en general, se han mantenido en los mismos porcentajes a nivel mundial, pero para las mujeres sus efectos han derivado en un gran crecimiento.
 
Londres 2012 se conoció como “Los Juegos de las Mujeres”, por ser la primera edición con – al menos – una atleta en todas las categorías. Además, alcanzó el 44% de participación femenina. Para Argentina, se destaca en esta edición la medalla de plata del hockey de mujeres.
 
Río 2016 dio un paso más y no solo reflejó un 45% de participación de mujeres, sino que habilitó la competencia para atletas transgénero.

La reglamentación, que también da para otro debate, permite a quienes transitan de mujeres a hombres acceder a las categorías masculinas sin ninguna restricción. Sin embargo, a quienes transicionan de hombres a mujeres se les exige mantener su identidad de género al menos por 4 años en competencias deportivas y demostrar determinados niveles de testosterona en suero.



Cabe mencionar que, en Río de Janeiro, la albiceleste fue una de las comitivas con menor proporción de mujeres (inferior al 40%).

Entre aquellas representantes estaba Paula Pareto, que se llevó el oro en Judo y se convirtió en la primera atleta argentina en obtener dos preseas olímpicas en disciplinas individuales. Cecilia Carranza, por su parte, obtuvo su primer título olímpico: se subió, junto a Santiago Lange, a lo más alto del podio de la Clase Nacra 17 (vela).
 
Ahora es el turno de Tokio 2020, que se prepara para dejar su sello como “Los Juegos Olímpicos de la paridad”. En términos de diversidad sexual habrá, además,131 atletas abiertamente LGTBIQ+ y la levantadora de pesas Laurel Haubbard se convertirá en la primera mujer transgénero en competir en unos Juegos.
 
Con el nombramiento de Seiko Hashimoto como Directora, el Comité Organizador incrementó el tamaño de su Junta Ejecutiva (42% son mujeres) y creó un Equipo de Promoción de la Igualdad de Género, con Kotanni Mikako al frente.

En términos de representación por géneros, por primera vez las 206 delegaciones tendrán al menos una atleta mujer y un atleta hombre en sus respectivos equipos y se espera que casi el 49% de los/as participantes sean mujeres.

Para las ceremonias de este año se animó, además, a todos los Comités para designar una mujer y un hombre para llevar sus banderas. Y los deportes mixtos serán un total de 11 (7 más que en 2016) y abarcarán un total de 18 eventos (9 más que en 2016).

Este año Argentina contará, por primera vez, con una boxeadora (Dayana Sánchez) y una golfista (Magdalena Simmermacher). Como contraparte, la delegación nacional tendrá en esta oportunidad solo un 30% de mujeres (58), un 5% menos que en Río.




La llama que enciende la antorcha olímpica cada cuatro años, permanece hoy en el templo de la diosa Hera. Aquella que inspiró los Juegos que, de alguna manera, pusieron los cuerpos de las mujeres de Grecia en movimiento.
 
En ese fuego, custodiado también por otro movimiento, el feminista, arden las luchas que lograron abrir las herméticas puertas del olimpo deportivo. Y seguirán encendidas hasta hacerlas caer para siempre.

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